martes, 21 de febrero de 2017

Lunes, 21 de febrero

Me siento rozado por esta ciudad, qué duda cabe -tantísimos años después. Mi Barcelona. Pero nunca se me secará el escalofrío del extranjero.
(¿Pero tú piensas todavía en volver?, me preguntó semanas atrás M.). Y es como el anciano obcecado, de una sola idea fija, que solo señala un punto: volver, allá.
Como si  en Allá no sintiera la misma angustia de esta tarde, caminando en zigzag desde París a Villarroel, tropezando con todas las fruterías, patios de vecindad ocupados, tiendas vintage, añejas cafeterías regentadas por ciudadanos chinos (siempre los más sonrientes y educados), turistas, macarras autóctonos y foráneos, prostitutas de pueblo y de pueblos foráneos, jóvenes feas con vocación y como si hubieran saltado de una foto de 1940, aislados edificios modernistas, congregados edificios Núñez i Navarro, pisos, banderas esteladas, balcones ínfimos, estelas de aviones, almeces, tiendas de móviles, tiendas de textiles catalanes rebajados todo el año...
Llegué hasta Sant Antoni -meses sin visitarlo en domingo- y entonces me sosegué. Todos domesticamos porciones de ciudad. Todos nos agarramos a una identidad con tal de no enloquecer.
Me sosegué, de vuelta a mi "paraíso": las camareras marroquíes, las encargadas rusas de la inmobiliaria, las pijas de cada día.
Y sin embargo, tampoco soy eso.

viernes, 17 de febrero de 2017

Viernes, 17 de febrero

Las fotos tienen el tiempo de las flores.
Así nos sorprenden en la mano o en la pared, añaden color donde hacía falta, y un día llenan el aire de menudencia.
Con tantas menudencias hemos ido creciendo que ya -hace tiempo- sentimos que hemos vivido demasiadas celebraciones.
No hay nada que quepa guardar que no se sostenga en la memoria. Y si la memoria también se agosta, creamos, por fidelidad a nuestro esfuerzo, que todo se hizo sangre y la sangre algún noche se elevará para ser huella de una nube de paso.

viernes, 10 de febrero de 2017

Viernes, 10 de febrero

Subo por fin a la casa. He ido posponiéndolo varias veces esta semana. Tiro unas cuatro bolsas de basura. Llegan los operarios y acordamos un precio por el traslado, a la casa en Ganduxer y al trastero que está cerca de esta dirección. 
Antes de que llegaran, fui al Okay con ansiedad. En la misma puerta me encontré a Padilla, más nervioso, con un corte de pelo distinto, las manos hinchadas, con zarpullidos en los dedos. Ayer salió del psiquiátrico, me explicó. Lo que no me aclaraba era qué le había pasado con la policía, que se lo llevó esposado desde su casa. Más desarreglos psicosomáticos...
Yo había ido al Okay a por mi bocadillo y a sentarme a contemplar las colinas de enfrente con cierta calma. Como si me despidiera sin hacer ruido, sin hacerme mucho daño.
El 15, con el piso limpio, entrego las llaves. Siento otra vez lo que significa buena parte de la biblioteca en cajas de cartón. Pero hoy hubiera echado a la basura bastante más, solo que me encontraba demasiado cansado para esa tarea.