martes, 31 de enero de 2017

Martes, 1 de febrero

Iremos a parar a una de esas ensoñaciones de juventud que tejimos con pereza e inocencia.

domingo, 29 de enero de 2017

Domingo, 29 de enero

Volví a la antigua fragancia (Equipage de Hermès), limpié y puse al día las estilográficas de aquella época (Niza, Kenitra, Lanzarote...; las Dunhill y Dupont de cuerpo de plata y la de laca china)... Pero aquel que sentía como ángulo fulmíneo en la historia de mi vida me resultaba herméticamente cerrado, inabordable.
La mayor parte de nuestros días, nosotros, desterrados del yo y vetados a una identidad sosegadora, no hacemos más que desplazarnos.
De hecho, convertidos en escritura, somos imagen del desplazamiento. De un margen a otro  de la página, entre un rechazo, antes de acercarnos el borde, y una imposibilidad material aun habiendo decidido proseguir más allá del límite.

Semanas atrás, en una visita a mi hija V., M. me preguntó con verdadera sorpresa:
-¿Pero todavía piensas en volver?
La de veces que en nuestra relación, como en la que mantengo con C., fui trazando el calendario del regreso, una y otra vez, con renovados escenarios de posibilidad.
Fue -ahora lo siento- como un bofetón afectuoso: ¿Volver, cuando ya siento que he vivido, y repetido, hasta el hartazgo?

Trasteros y despedidas... Adiós farmacia de Conxita que hace meses se jubiló. Adiós jaramagos, cardos y mimosas que estarán comenzando a florecer alla arriba. Adiós colinas, collados, turons, pujols... Adiós las noches borrascosas del Okay, que hace tantísimo tiempo que no frecuento. Adiós a la ferretería de la esquina, hace tiempo cerrada, como el Osiris, barra de camellos y moteros de madrugada. Adiós a todo eso.

miércoles, 4 de enero de 2017

Jueves, 5 de enero

El mismo gasto lleva quien sigue a las tradiciones que aquel que las sortea. El mismo esfuerzo, estéril para el primero y sin más para el segundo. Estéril para el primero porque solo le reporta paz; sin más para el segundo porque no lo aparta de lo que teme: el final.

Miércoles, 4 de enero de 2017

Los mirlos comienzan a marcar con el trino su terreno.

Besa el pan que sobra antes tirarlo. El trozo que se olvida; el que aparece cuando, al amanecer, dispones en orden la mesa de la noche anterior.

Vueltas y revueltas... Si ya no hay puerto de partida, ¿a qué vuelta te refieres?
Puertos hundidos y barcos que sobrevuelan la oscuridad.

Tampoco he referido el paseo angustioso de la mañana del uno de enero, en que acabé, rehusando a la gente, de cara a una pared fea y demasiado próxima. En la terraza, la judía "solitaria" con la que no paro de tropezar por temporadas. Solitaria social. Su "tertulia" de los lunes... Por cierto que a la Peripatética me la crucé un día de estos. ¿Ella es más solitaria? Y, sin embargo, con su incesante peripatetismo no deja de buscar cruzarse con la gente, a la que observa cuando se alejan.

Los mirlos, los ruiseñores a medianoche... Sin puerto de partida, solo lo cierto es adonde me dirijo como una pausada catarata.

La noche de perdición en Long Island que empecé a anotar, hace ya unos meses. Todavía la conservo intacta en la memoria, oh milagro de mi memoria maltrecha, disminuida. Tan nítida como el dolor que me produjo a poco después de tomar aquel taxi a la puerta del Rosie O'Grady's en la Séptima Avenida.