miércoles, 4 de enero de 2017

Miércoles, 4 de enero de 2017

Los mirlos comienzan a marcar con el trino su terreno.

Besa el pan que sobra antes tirarlo. El trozo que se olvida; el que aparece cuando, al amanecer, dispones en orden la mesa de la noche anterior.

Vueltas y revueltas... Si ya no hay puerto de partida, ¿a qué vuelta te refieres?
Puertos hundidos y barcos que sobrevuelan la oscuridad.

Tampoco he referido el paseo angustioso de la mañana del uno de enero, en que acabé, rehusando a la gente, de cara a una pared fea y demasiado próxima. En la terraza, la judía "solitaria" con la que no paro de tropezar por temporadas. Solitaria social. Su "tertulia" de los lunes... Por cierto que a la Peripatética me la crucé un día de estos. ¿Ella es más solitaria? Y, sin embargo, con su incesante peripatetismo no deja de buscar cruzarse con la gente, a la que observa cuando se alejan.

Los mirlos, los ruiseñores a medianoche... Sin puerto de partida, solo lo cierto es adonde me dirijo como una pausada catarata.

La noche de perdición en Long Island que empecé a anotar, hace ya unos meses. Todavía la conservo intacta en la memoria, oh milagro de mi memoria maltrecha, disminuida. Tan nítida como el dolor que me produjo a poco después de tomar aquel taxi a la puerta del Rosie O'Grady's en la Séptima Avenida.