domingo, 29 de enero de 2017

Domingo, 29 de enero

Volví a la antigua fragancia (Equipage de Hermès), limpié y puse al día las estilográficas de aquella época (Niza, Kenitra, Lanzarote...; las Dunhill y Dupont de cuerpo de plata y la de laca china)... Pero aquel que sentía como ángulo fulmíneo en la historia de mi vida me resultaba herméticamente cerrado, inabordable.
La mayor parte de nuestros días, nosotros, desterrados del yo y vetados a una identidad sosegadora, no hacemos más que desplazarnos.
De hecho, convertidos en escritura, somos imagen del desplazamiento. De un margen a otro  de la página, entre un rechazo, antes de acercarnos el borde, y una imposibilidad material aun habiendo decidido proseguir más allá del límite.

Semanas atrás, en una visita a mi hija V., M. me preguntó con verdadera sorpresa:
-¿Pero todavía piensas en volver?
La de veces que en nuestra relación, como en la que mantengo con C., fui trazando el calendario del regreso, una y otra vez, con renovados escenarios de posibilidad.
Fue -ahora lo siento- como un bofetón afectuoso: ¿Volver, cuando ya siento que he vivido, y repetido, hasta el hartazgo?

Trasteros y despedidas... Adiós farmacia de Conxita que hace meses se jubiló. Adiós jaramagos, cardos y mimosas que estarán comenzando a florecer alla arriba. Adiós colinas, collados, turons, pujols... Adiós las noches borrascosas del Okay, que hace tantísimo tiempo que no frecuento. Adiós a la ferretería de la esquina, hace tiempo cerrada, como el Osiris, barra de camellos y moteros de madrugada. Adiós a todo eso.