sábado, 31 de diciembre de 2016

Sábado, 31 de diciembre

Habían salido directamente del fregoteo para la ocasión y tomaron asiento en la terraza semivacía después de que el mayor del trío exclamara:
-¡Bon any!
-Buenas noches -respondí, y traté de que a partir de entonces apenas oyera algo de su conversación, que transcurría en castellano.
Uno ya tiene una experiencia en antropología urbana: del barrio no eran. De Cataluña, sin duda. Los más rezagados de los indígenas del barrio han desaparecido en la Sardaña, Alpes suizos o posesiones anglosajonas del Pacífico.
Ocurre lo mismo por otras fechas de festivos múltiples, que el barrio se vacía y en su lugar acuden de la Cataluña interior la gente más variopinta. A los cines de al lado. A ver si con suerte se topan con Javier de la Rosa, Alavedra, Luis del Olmo...
La chica de esta noche se tapó sus piernas festivas con una mantita de Veuve Clicquot, gentileza de la casa. Me acordé de cuando en los primeros días de septiembre las diosas de Birger Jarlsgatan se cubren sus muslos todavía morenos con mantitas sedosas. Pero la susodicha parecía, con su buen aspecto, a punto de entrar al tajo en una barra americana. Ellos, con sus depilaciones y aceites capilares, no daban la impresión de ser sus mantenidos. Quién sabe. 
A pesar del tono brusco, eran buena gente, respetuosa, que trataba de no resultar llamativos. La calle estaba prácticamente vacía, como la terraza, ya lo he dicho. Pero lo que importa es la intención, la actitud.
Recogí las dos bolsas de la compra y continué con mi regreso a casa, no sin antes despedirme con un "¡Bon any!".
Para que no se diga.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Miércoles, 28 de diciembre

Inicio la mudanza de la casa del Carmelo -la de Can Baró, como he precisado en mis últimos diarios-. Tendrá que ser lenta, como todo lo que transcurre a mi alrededor y en mi interior. Conservaré dos o tres objetos de la casa de mi infancia y acaso el escritorio en el que apenas he reposado los codos. Embalaría los libros en unas trescientas cajas de cartón y todo lo que no cupiera lo entregaría en pago a los transportistas de confianza.
Cuando he retirado algunas piezas del escritorio he sentido una incipiente desazón, como si estuviera ante un Hejal (o armario de nuestra Torá) profanado.

martes, 27 de diciembre de 2016

Martes, 27 de diciembre

Como siempre sucede con este sueño, la casa tenía estancias desconocidas. A medida que avanzaba, se abrían espacios impensables, que se llenaban de más y más amigos, bienamados, muertos, recientes, hasta desconocidos. Yo recién llegaba de la intemperie y de la indigencia. Descubría, en esta casa que por primera vez sentía mía, libros, cuadros, revistas... de los que he ido atesorando. Cuando alcancé lo que parecía la última habitación una escalera me condujo a una pequeña puerta: Ahí estaba el mar, era de noche, se balanceaba en paz y te acariciaba los pies.
Como la casa, el mar y yo mismo estábamos en otro país, pero mi país de origen era éste; ya no había pugna de amor en ese sentido. Éramos universales. Nunca antes habíamos gozado de existencia y ahora íbamos a existir en complacencia. 
Ha sido la versión más hermosa de este sueño único que se reiteran desde hace décadas, siempre habiendo perdido mi isla natal.
Cuando se cumpla creeré en el cielo. Por eso yo sigo a las nubes, y caigo y el viento vuelve a sostenerme,hasta que se canse de hacerlo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Lunes, 26 de diciembre

Sueños siempre angustiosos, de los que sales bendiciendo que estás vivo; que la equivocación y el espanto solo pertenecen al sueño. Sueños casi siempre protagonizados por M., tantos años después. Como si no hubiera habido otra vida, y una redención.
El pasado parece, a veces, que se limita a eso, a ese cielo sombrío, debajo del cual todo transcurre con un espanto callado como en una oración de recogimiento y gratitud.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Martes, 20 de diciembre

Devoradores de tiempo que éramos, y nunca se nos ocurrió pensar en la capa de tiempo que íbamos a dejar atrás, la mancha que a modo de tiniebla nos iba a impedir divisar el punto de salida. Pero, sobre todo, enorme cantidad de humo de lo vivido, hasta el punto de provocarnos náuseas y el deseo de emprender, de forma reiterada y sucesiva, cientos de vidas nuevas, limpias de rastro.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Viernes, 16 de diciembre

En el carrito eléctrico el jardinero libanés nos llevó a la tumba de August Strindberg.
Todo estaba helado, desde las plantas de los pies hasta los escasos cirros en el cielo.
Un frío hiriente que no había vuelto a sentir desde que estuvimos en Liubliana; claro que en aquella ocasión viajamos con las prendas de abrigo propias para el clima invernal de Trieste.

Mañana será otro día. Siempre otro día. Pero si abusar de la presumible cantidad de días que vendrán,  que presumo que será desorbitada.
Me conformo con un día, amplio y eterno, en Los Asules; otro para recorrer por el río la distancia entre Gotemburgo y Estocolmo. Otro para celebrar la aparición, el año que viene, del tercer tomo de mis diarios: La vida figurada.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Estocolmo, 11 de diciembre

Se nota que apenas tengo ganas de contar: el episodio neoyorquino de Noche de perdición se ha quedado en el comienzo; en mi memoria, sin embargo, permanece con toda nitidez. Ya tendré ganas o no de seguir el relato.
Si no hay ganas de contar, no hay diario. Este ha sido un año con pocas ganas, con poco diario. No obstante, conservo muchas anotaciones en hojas sueltas. Falta la voluntad de procurarles un seguimiento, una literalidad.
Ahora, por ejemplo, voy a visitar las tumbas de August Strindberg y de Nelly Sachs en Norra begravningsplatsen (Cementerio del Norte). Ayer nevó durante todo el día y hoy va por el mismo camino.