Cuando veo a los gorriones comer en el prado --esa filigrana de tallo tembloroso, esa raíz tenaz y escondida--, me entran ganas de parar el trasiego humano: No asusten más. Yo mismo dejo de pensar, de escribir, por no molestarlos. Y la mariposa blanca, toda luz y sombra al mismo tiempo, todo temblor efímero, huye.
domingo, 16 de junio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
Cuando el sol atraviesa el níspero desparrama sobre la pared trasera parte de su color --arriba el azul del cielo mirándose en el azul del mar--, y esto está por encima del todo el horror y la miseria del mundo.
Así quizás algún sol de la infancia, a través de las ramas yertas de nuestra vida, nos proyecta con su luz sobre otra parte.
*
Apunté en una hojita el pasar de los pensamientos que no dejan rastro --como esa tierra sin sombra bajo las nubes que la atraviesan--, y que nos quedamos sin saber si seguimos siendo un poco más o un poco menos, aunque tengo la sensación de que nos quedamos como estamos. Doblé la hojita y la introduje en algún bolsillo. Fui a buscarla para ver qué había escrito, y ya no estaba.
*
Los parroquianos del Okay exteriorizan su monólogo interior... Por el alcohol, los porros o la medicación, si no interviene cada uno de esos elementos, el hablar con el otro es una excusa cuando el espacio de un hogar apenas existe. La palabra que tiran al rostro apenas se queda en él, pues enseguida se va afuera, se pierde por encima de los contenedores de basura, atraviesa el almendro reseco que se mantiene en la acera de enfrente, se filtra más allá de las colinas en cuyo cresta reverbera el mediodía. Y nosotros nos quedamos escuchando, mezclando sus monólogos al aire con el nuestro propio, el mismo temor en el que nos resguardamos mientras contemplamos el paisaje, el mar como si no existiera, las pistas del aeropuerto, los cruceros a la sombra de Montjuïc, y todo para ir descubriendo que compartimos lo mismo, como si realmente estuviéramos conversando abiertamente, ya que de pronto, sin ilación y sin que venga a cuento, se ponen a hablar de la muerte, todos a la vez, de que venga ya la muerte, de que para esto es mejor estar al otro lado, como si más allá del borde de las colinas fuéramos significativos y todo fuera luz en paz e inextinguible.
miércoles, 29 de mayo de 2013
¿A quién se le ocurrió inventar las nubes? No sirven para protegernos ni del sol ni de la lluvia. Como traza fronteriza, son mudables y caprichosas. El viento con ellas no sabe qué hacer, pues tan pronto las ahuyenta, encima de él se posa, risueña y frágil, alguna. Los poetas las beben a bocas llenas para escribir páginas y más páginas que se cubren de charcos y pozas. El mar - siempre el mar- parece que las cambiaría por los cabrilleos que lleva en su deambular, de tal modo que hemos braceado a través de nubes líquidas, mientras a nuestra espalda han pasado olas de aire. El primer hombre que vio una nube, conoció su sombra. Así también llovió por primera vez, al contemplar el hombre que era él y era una sombra que se aleja.
martes, 14 de mayo de 2013
Esponsales de
los vencejos... Qué pesada frase para sugerir el enlace momentáneo de estos
aleves del aire y el grito.
En algún lugar
Heidegger recoge la leyenda de que la alondra de montaña favorece la eclosión
del sol y la exactitud del poema.
Visto y no
visto. Grito y eco. En lo alto y en las esquinas. Temblor y filo, el vencejo
-como el poema.
¿Adónde está la noche en los vencejos? Se vuelven lentos y callados a la noche. Por las espirales suben y planean, más allá del aire. Por las palabras nunca pronunciadas. Como velas de plegaria, los vencejos te miran por primera vez, a los ojos, sin pestañeo.
¿Adónde está la noche en los vencejos? Se vuelven lentos y callados a la noche. Por las espirales suben y planean, más allá del aire. Por las palabras nunca pronunciadas. Como velas de plegaria, los vencejos te miran por primera vez, a los ojos, sin pestañeo.
sábado, 11 de mayo de 2013
Para esto que hacemos hay muchas teorías. Unos hablan de
literatura del yo; otros de novela en marcha. Hay quien me ha dicho que lo mío
no es sino un largo poema en prosa. Otros, que si tiene interés será después de muerto.
Como hace tiempo que me dejé de teorías -todas las comprimí
y las agoté en Aurora y exilio-, me ha gustado lo que coloca Malaparte al
frente de Diario de un extranjero en París: un diario es un relato; un
diario es una narración. De este modo voy a coincidir con él después, pero antes de conocer su opinión, en tanto que en las solapas de Los que cruzan el mar escribí
que los diarios reunidos en un solo libro habían sido escritos por varios de mí
mismo, "y sólo cuando tomé la decisión de publicarlos, se impuso la
necesidad de doblarlos a una sola voz. Esa sola voz tuvo que volver a vivir lo
que venía registrando y tuvo que hacerlo
como quien se enfrenta a la novela de otro." Ese sentido arquitectónico
-comienzo, desarrollo, conclusión, según la terminología de C.M.- también se
verbaliza en el diario de libros viejos, De rastros y encantes.
Los hay, también, que diferencian entre diario y dietario.
Mucho de lo escrito aquí en los últimos tiempos tendría que ver, según ese punto de
vista, con el dietario, la amable, sosegada redacción de hechos puntuales, de
carácter sobre todo estético, a partir de episodios selectos de la vida; es
decir, con las posaderas bien colocadas y los puños de la camisa sin mancha.
Pero Malaparte va más allá, en su brevísimo trecho teórico,
cuando apunta: "Un Diario es un trabajo teatral llevado a la escena de las
páginas." Y aquí de nuevo volvemos a coincidir, por aquella multiplicidad
que antes señalaba y que se resuelve mediante la ficción de un yo -o de un uno,
según otros -: "Es -y concluye Malaparte- el Das da, el momento presente
de Kafka, llevado a la escena-página."
Ese momento presente es la plataforma, o isla también, a la que subimos desde los abismos todos los fragmentos inconexos de un pasado reciente. Es la balsa
de la memoria en su momento de actuar. De donde se sigue que si eso acaece en
cada momento o instante elegido de escritura, más aún acaece cuando nos encontramos en
la labor de configurar el material del pasado en el presente, articulando lo
escrito en los sucesivos presentes, en este nuevo y absoluto presente en que
damos por bueno el diario como libro, las voces de uno o de yo como un solo yo
o voz escrita, la que firma, y afirma, un pasado, como si este no fuera, en
realidad, la suma de los distintos momentos que ya han quedado atrás, quien sabe si perdidos, con la diversidad de ideas y
sensaciones, con las contradicciones con que otros nos acusan porque nos tratan
como a una sola persona, con una única idea o una única posición. Por ello, cada instante
del pasado o del diario en su momento tiene su verdad, la que tras muchas
páginas puede quedar soslayada por otra; es decir, contra-dicha.
Pero volviendo a C. M. y al lector normal, al lector de un
relato, narración, teatro, todo lo escrito es unicidad, contorneada por los
latidos de exposición, nudo y desenlace.
Y venía todo esto a cuento, además de darme de morros con
las páginas de Diario de un extranjero en París, que no conocía sino hasta anteayer, al
espigar las páginas del diario de un amigo. En una de ellas he creído leer una inexactitud
cronológica, yo, que estoy refiriendo, y he actuado conforme a ella, la
ficcionalidad de todo diario. Qué importancia puede tener, entonces, que pase
por alto que la paella en La Barceloneta se la pagamos nosotros, mejor dicho,
"la novia" de uno, a la que ya ha retirado de la escena cuando llega el almuerzo, "novia" a la que conoce por haber tenido tratos editoriales con ella y por las veces que ella lo ha invitado, fuera de su trabajo, en Madrid. O que,
sin mencionar que nosotros lo llevamos al mercado de San Antonio, anote que después de las vueltas en torno a libros que no valían nada siguió
de bolo a Zaragoza, cuando lo que pasó fue que, en la picazón de no estar a la misma hora en el rastro de Madrid, salió a la carrera al aeropuerto por ver si
todavía pillaba algo de verdad importante.
Es su novela en marcha, desde luego, la que seguimos leyendo con entrega y fruición desde hace como unos catorce años. Nosotros, en ese mismo 2004, en Los que cruzan el mar ni siquiera lo mencionamos. Así es la memoria,
la suya, la mía, o la de cualquiera. Así son la apetencia y la necesidad de
escribir una anotación en ese teatro de voces que luego se llamará libro, novela; o
diario. Porque sin necesidad ni apetencia no queda ni para abrir la libretilla de notas.
jueves, 2 de mayo de 2013
Vida mía, entre la indolencia y la pérdida que no advierto, el mirlo escarba en la hierba en busca de orugas, y los vencejos imitan a veces sobre los árboles la rotación de la tierra que me ignora. No hay nada más sobre esta estampa. La luz de plata del día en su final. Y tú, vida mía sin mí, sin norte ni levante.
viernes, 26 de abril de 2013
Fue uno de los tipos más guapos de su generación...
Con sombrero de fieltro color canela, a juego con los zapatos, el pantalón y el béis de la chaqueta, un libro y las manos a la espalda, parado en la esquina sin semáforo, miraba y volvía a mirar hacia el frontal de la iglesia redonda -creo que la única que hay en Barcelona-, y como tengo entendido que anda muy mal de la vista, miré yo también en busca de un detalle inédito. Y él seguía mirando hacia la iglesia y después a las fachadas de enfrente, por lo que me dio por suponer que miraba con nostalgia, o desde los velos de sus ojos, algunas de aquellas ventanas tan tronadas en la historia literaria de la ciudad, cuando en eso que un coche tocó la pita y en él desapareció.
Me he acordado de la araucaria que crece inclinada en su terraza. En su pelo sin canas cuando lo tengo delante en la panadería. Pensé en la turbulenta vida sexual de Gómez, en la promiscuidad alegre que se quiebra cuando, de madrugada, al acercarse al espejo en el cuarto de baño, el rostro es como la lluvia repartida en los cristales.
domingo, 21 de abril de 2013
Este árbol..., este árbol... Cada vez que paso a lo lejos, intimidado, escondiéndome detrás de los matorrales. Qué elevación. Qué palabra le estará ofreciendo al cielo. ¿Partida, como la copa que ya no existe?
Nosotros somos hijos de una ausencia parecida, ramas que miran a la tierra distante, inabordable el cielo, el aire sin voces en torno al árbol que se mantiene, contra todo pronóstico.
lunes, 15 de abril de 2013
De todos los colores que afloran en la naturaleza el violeta (y su fugitiva familia) me sigue pareciendo el más aristocrático. Atrás, rojo redondo y simplón, obediente verde, blanco autista, amarillo campechano...
Tiene el violeta (malvas, lilas, rosas...) la soberanía del porque sí, efímera cuanto más extravagante.
Aquí están, por fin, los primeros vencejos; el primero lo divisé en lo alto, al borde de una cortina de lluvia, el día 1 de abril.
El calor les ha abierto el grito. Ahora son los pioneros, los que sobrevuelan las aristas y los aleros, tanteando. Ya llegará la lluvia de alas como lágrimas de san Pedro...
Durante este vértigo que me mantiene, buscar la eternidad ahí -cuántos imposibles; solamente el vértigo, y ya sin mí.
Las estelas a veces sienten nostalgia de las nubes, con las que guardan parentesco. Por eso dejan al objeto que las esclaviza y regresan al seno de aquéllas. No se sabe de ninguna estela rechazada por las nubes.
La fascinación por el arcoiris. La Madre le decía a uno que si llegaba al arcoiris cambiaba de género. Nunca accedí al deseo de la Madre, que siempre es mortal. Pero su dedo -su sonrisa- señalando el otro lado me condujo a la metáfora.
Tiene el violeta (malvas, lilas, rosas...) la soberanía del porque sí, efímera cuanto más extravagante.
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Aquí están, por fin, los primeros vencejos; el primero lo divisé en lo alto, al borde de una cortina de lluvia, el día 1 de abril.
El calor les ha abierto el grito. Ahora son los pioneros, los que sobrevuelan las aristas y los aleros, tanteando. Ya llegará la lluvia de alas como lágrimas de san Pedro...
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Durante este vértigo que me mantiene, buscar la eternidad ahí -cuántos imposibles; solamente el vértigo, y ya sin mí.
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Las estelas a veces sienten nostalgia de las nubes, con las que guardan parentesco. Por eso dejan al objeto que las esclaviza y regresan al seno de aquéllas. No se sabe de ninguna estela rechazada por las nubes.
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La fascinación por el arcoiris. La Madre le decía a uno que si llegaba al arcoiris cambiaba de género. Nunca accedí al deseo de la Madre, que siempre es mortal. Pero su dedo -su sonrisa- señalando el otro lado me condujo a la metáfora.
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¿Podría un dios dejar de suscribir la adoración de Pushkin por la vagina de la mujer, según se lee en el diario secreto que se le atribuye? A un dios le daría lo mismo quién redacto esas páginas en vísperas de la bala en el duelo que lo quitó de la vida. Querría ser un hombre, ese dios, para por un momento gozar de la saliva del éxtasis femenino. Después sí, después de morir y renacer a través de la cópula, alzaría otra vez el vuelo para continuar en su no morir, en su ignorancia de la muerte como "un regreso al nacimiento: a la vagina".
viernes, 12 de abril de 2013
La sensación de que ya acabó mi historia. Esparragueras y tomates silvestres al lado de los escombros que vierten en la ladera. Un anciano se sentó frente a mí y dijo, claro y lento: "Buenas tardes." Me acordé de mi padre, en el pueblo de la Sierra, cuando se sentaba a charlar con hombres como el que compartía mi mesa en la terraza de Okay. Era el suyo el entusiasmo de quien retornaba a la tierra natal. Su pasión por los cultivos y el campo encontraba un eco en aquellos hombres con boina y las monedas justas para tomarse un manzanilla al llegar la noche. Tantos huecos, en su propia historia de desterrado, que creería recobrar durante aquellos encuentros.
Terminaba una manifestación, cuando bajé por Sanllehy, reclamado la plaza que hace años hubo en lo que ahora es un ruedo de altas paredes de hormigón.
Pocas veces, quizás, entré en mi historia. Todo eso ha quedado atrás. El mar azul violeta en el camino de vuelta a casa y los cargueros con las luces encendidas fondeados al otro lado del puerto, casi buscando la sombra protectora de Montjuïc.
Ya sin historia, fondeado en la mar grande.
domingo, 31 de marzo de 2013
Yo no vine aquí para contar mi vida, ni para que la aplaudieran ni para que la pagasen. Este es quizás el más hondo orgullo, al que no tienen acceso ni los predicadores ni los corrientes.
Lo que hago aquí es lo que parece. La vida ocurre en otra parte, también fuera de mí, que soy lo que la suspira.
Parte de algo, tan lejos y dispar como el charco de la luna, o la loma de los volcanes de las nubes. Y las nubes -esto sí se sabe- son y no son, a la noche y en altamar, donde nadie las mira.
No hay misterio mayor que el agua en que se mece la mano. O el aire, siempre sentido, nunca tomado.
Lo que hago aquí es lo que parece. La vida ocurre en otra parte, también fuera de mí, que soy lo que la suspira.
Parte de algo, tan lejos y dispar como el charco de la luna, o la loma de los volcanes de las nubes. Y las nubes -esto sí se sabe- son y no son, a la noche y en altamar, donde nadie las mira.
No hay misterio mayor que el agua en que se mece la mano. O el aire, siempre sentido, nunca tomado.
martes, 26 de marzo de 2013
La Peripatética me sonríe al pasar a mi lado. Debe de ser la única en esta ciudad, al revés de lo que sucede -no conmigo: con cualquiera- en Sevilla y en Estocolmo, en Oporto y en Jerusalem, por no pensar en Buenos Aires y su galanteo de la mirada.
Eso de que no te mire nadie, en la época en que me tenía por tímido, tiene sus ventajas.
A La Peripatética hay temporadas en que no la veo. Un día, mientras me atendían en una farmacia, entró acompañada de su madre. Por un momento dejó de ser peripatética, y sentí alivio; al fin se detenía, con su abriguito, su bufanda, su indefensión con cara de niña vieja. La madre es áspera. Vestía también abrigo, un abrigo si no de los años 40 como el de la hija, otro de dos décadas atrás. Ruda. Una de esas amenazas, una de esas mazas mortales para el desarrollo de una criatura en este mundo.
Cuando me ve, La Peripátetica abandona el cobijo de las fachadas y se desvía, sin dejar de sujetar el bolso, hacia mí. Entonces sonríe y continúa.
Aquí la gente parece que no te mira... Te miran, claro que te miran, pero de otra manera. Con una sutileza invertida, a veces mortificante.
La Peripatética se acerca y sonríe. Ya lo sé. Pensará: Ahí va un peripatético, otra persona que entra y sale del hogar, otra pobre alma en la intemperie sin fin.
sábado, 23 de marzo de 2013
Ya estamos todos otra vez aquí, el jaramago y la flor estrafalaria del cardo, el diente de león y el pájaro en la rama creciente, la avispa que ignora los escombros.
A la puerta del Okay, todos miraban desde el pretil de la entrada como si estuvieran en el bulevar moderno, y no pasaba nada, unos cuantos autobuses aparcados frente al parque Güell, alguna nube baja que tapaba las antenas en las colinas.
Y de repente se enfadaban, el de la boina que llevaba media hora hablando consigo y el que salía, cerveza en mano, a echar un cigarro; el que entraba y el que salía henchido de humanidad. Con lo que demuestran mis parroquianos que en esto también son sociales -yo también, contemplando la escena sentado a la mesa del porche, casi al aire libre-, pues que no había ningún motivo, tan solo la proximidad, la atención compartida a lo que pasaba, y era que nada, ni nadie, pasaba.
Y eso que ha vuelto a renovarse el plantel de camareras chinas, aunque continúa la que suponemos la dueña, siempre sonrisa, siempre atenta a mi modesta propina. En estos cambios es costumbre que aparezca una china más guapa que el resto. Como pasa con los almendros, que no todos son iguales, que hay uno que por su gracia nos encandila. Una china de repente tan guapa que parece japonesa, y más, de ningún lugar, solo belleza, la única provincia del poema, que diría Poe.
Y eso que ha vuelto a renovarse el plantel de camareras chinas, aunque continúa la que suponemos la dueña, siempre sonrisa, siempre atenta a mi modesta propina. En estos cambios es costumbre que aparezca una china más guapa que el resto. Como pasa con los almendros, que no todos son iguales, que hay uno que por su gracia nos encandila. Una china de repente tan guapa que parece japonesa, y más, de ningún lugar, solo belleza, la única provincia del poema, que diría Poe.
Ya estamos todos otra vez aquí, comenzando a guardar los jerséis de invierno, a seguir limpiando de papeles la biblioteca, piadosas bolsas con libros que tiramos a la basura, confiados en que sirvan al abono de la tierra, a su memoria, recién despierta y virada hacia las corrientes cada vez más amplias del cielo.
sábado, 16 de marzo de 2013
El exilio también es irreparable. Rotos y zurcidos. Entre la masa avanzas y a veces no encuentras nada bajo tus pies. O te conmueve una escena de ternura, como si nunca hubieras pertenecido a ninguna comunidad y te extrañara ese gesto en la misma calle.
De haberte quedado en tu sitio natal, supongo que también habrías conocido estos eclipses. Este sentirte por fuera.
Y dentro de ti, todo llenándolo de todo; todo vaciándolo de nada.
Y dentro de ti, todo llenándolo de todo; todo vaciándolo de nada.
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